jueves, 23 de septiembre de 2010

RESEÑA: Los caminos

La revista La Pulseada publicó, en su sección Tráfico de Tentaciones, una reseña sobre el disco de Miro y su Fabuloso Orquesta de Juguete. Editado por Uf Caruf y El Pampero Records es, de alguna manera, su primer disco 'oficial'. El responsable del texto, como suele suceder por aquí, es Graziano.

En una ciudad paradójica, resulta lógico que la canción más y mejor representativa del rock local de bandas la acabe de firmar un solista. Se trata de Ramiro García Morete o, como él prefiere, Miro. Acaso sin buscarlo, el tipo dio exactamente en el centro: “hace unos días nomás / mis pies besaban el mar, / y ahora me encuentro aquí / volviendo de ensayar / canciones que nadie escucha. / La Plata siempre está igual, / los chicos vienen y van”. Cualquiera que haya vivido realmente la ciudad, sabe que la canción lo está interpelando. Que Miro está tratando de hablarnos. En pocas palabras, la historia es esta: Miro fue el líder de La Colifa, una banda sobre la estela del rock barrial de los ’90. En algún momento, abrió su camino y se dejó cautivar por el llamado del songwriting clásico. Se alió con el colectivo Tocate Mil y, después de mil grabaciones de circulación virtual y baja fidelidad, eligió un puñado de canciones y entró al estudio para registrar Los caminos. Se editó a sí mismo, despejó puntos vulnerables y se hizo cargo. Esa operación lo hizo fuerte. Las referencias abren un mapa posible que va desde los hermanos Expósito a Johnny Cash, pasando por la Velvet Undeground, Atahualpa Yupanqui y Neil Young. Pero el espectro omnipresente es Bob Dylan. El trovador de Minessotta aparece en el canto, en las letras, en las estructuras, incluso en el hammond. Sin embargo, la obra de Dylan es tan noble y expansiva que no se transforma en una celda: es una plataforma. Así, una vez que Miro termine de metabolizar y empiece a soldar, acaso aparezca un gran artista. Porque pone la honestidad por delante (como una obligación ética), tiene canciones y algo para decir. Yo, voy a estar esperando esos discos.

Martín E. Graziano

lunes, 20 de septiembre de 2010

MARIO DE CRISTÓFARO: la vanguardia es así

Para el número de julio de G7, Graziano preparó un especial de música. Nada novedoso, al menos en principio. El vértice interesante de la idea fue armarlo alrededor de personas que no fueran músicos. Es decir, personajes que desde su lugar de fotógrafos, productores, periodistas o editores construyeran el espacio. Los elegidos fueron Nora Lezano, Eduardo Pinto, Gustavo Kisnovsky (Ultrapop), Alfredo Rosso, Juanchi Baleirón, Eduardo Bergallo y Mario de Cristófaro. Como ejemplo, aqui está el reportaje -justamente-, del director de la productora Tribulaciones.

lunes, 13 de septiembre de 2010

RESEÑA: en París - Live á FIP

El sello Mestiza Música acaba de editar en el país el disco nuevo de Lila Downs. Se trata de un registro en vivo junto a su banda, La Misteriosa. Graziano lo reseñó en G7, para su número de septiembre.

LILA DOWNS: en Paris/ live a FIP
Como los verdaderos artistas populares de raíz folklórica, la potencia de Lila Downs estalla sobre un escenario. Por esa razón este disco es importante: es una confirmación. En buena parte de sus trabajos de estudio, el diálogo entre tradición y modernidad tropezaba con algunos gestos un poco forzados. Pero en este concierto registrado para la Radio France (FIP), todo fluye tan naturalmente como el tequila en el mostrador de la cantina. Comandada por el vientista y arreglador Paul Cohen –marido de Lila-, La Misteriosa es una orquesta versátil y con mucho swing. Capaz de encarar con soltura el anhelo mestizo de la mexicana y tensar cumbia con ranchera, hip-hop, bolero, huayno y hasta dub. Su repertorio oscila entre las voces anónimas y la aguda crítica social, entre la fiesta jubilosa de “El relámpago” y el llanto de “La Martiniana”. También es melodrama puro, atravesado hasta los huesos por la voz de Lila, tan voluptuosa como las curvas de su cuerpo. Del mismo modo que nuestra Mercedes Sosa, su canto quiere tender un puente no sólo con Latinoamérica, sino con los días que corren. Esencialmente, esa es la diferencia entre preservar una cultura y hacerla.
Martín E. Graziano

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LUCIO MANTEL: miniatura

Todo parece indicar que el segundo disco de Lucio Mantel, después de un largo devaneo, se llamará Miniatura. Para los neófitos: Mantel es uno de los trovadores más promisorios de la generación de Cancionistas del Río de la Plata. Más de un año atrás editó Nictógrafo, un sorprendente album debut. Nuestro periodista lo entrevistó hace unos meses y la nota se publicó en La Pulseada, con las fotos de Eliana Graziano.

SOMBRA LUMINOSA

Por Martín E. Graziano

Parece que, para Lewis Carroll, las musas llegaban en la profundidad de la noche. Habituado a esperarlas en su cama, el escritor británico se las ingenió para darle forma a un artefacto que le permitía trabajar sin necesidad de encender alguna luz. Así, en una entrada de sus diarios personales, Carroll menciona ese aparato de su invención. Lo llama ‘nictógrafo’, pero no consigna la forma de su mecanismo. Casi un siglo más tarde, un entonces joven poeta argentino editaba su primer libro con destino de leyenda. Se titulaba Escrito con un nictófrafo, y lo firmaba Arturo Carrera. Su círculo de confianza aseguraba que en el taller de Carrera había un nictógrafo, pero tampoco sabemos su mecanismo. La saga podría terminar ahí, pero como toda cifra secreta faltaba la tercera aparición. Y el camino del artefacto se extiende hasta nuestros días: sin ninguna certidumbre de futuro, un músico argentino escribía canciones en soledad y sin por qué. Esas canciones, dice Lucio Mantel, “fueron compuestas sin saber si alguien las iba a escuchar alguna vez, escritas en una virtual oscuridad que evoca la luz”. Cuando la marea encontró su cauce, Lucio Mantel grabó ese puñado de canciones y bautizó el disco como Nictógrafo. Todo parecía cobrar sentido: el nictógrafo es su utilidad. Ese es su mecanismo, escribir a ciegas.
Y ya desde el comienzo de este, su primer disco, Lucio Mantel traza la geografía de su música y de su anhelo poético. Llega cabalgando sobre un trío acústico (guitarra española, contrabajo y percusión) que insinúa una acentuación de chacarera. Sin embargo, la intención vocal evoca a los padres del rock argentino, y hasta el verso que abre es elocuente: “vine escapando de una mancha oscura y espesa”. Antes de lanzarse como solista, Lucio Mantel era el líder de QUE, un grupo de rock progresivo que tuvo sus quince minutos de fama a comienzos de la década. Sin embargo, en algún momento entendió que esa música ya no lo representaba. “Me sentía rarísimo –recuerda-, porque nunca estuve en paz con eso. Ya estaba peleado con el rock”. Justamente, Mantel pertenece a la camada de trovadores rioplatenses que advirtieron esa paradoja y se lanzaron al camino a buscar otra cosa. Algunos encontraron la chanson o el jazz, otros la música contemporánea y el cabaret berlinés. Sin embargo, metabolizaron todo desde su escuela rockera, y cada uno puso por delante la canción. En el caso de Lucio, el acento fue puesto sobre las músicas de raíz folclórica, aunque en el tránsito aparezcan alientos del Brasil, el Mediterráneo y hasta Medio Oriente.

-Hay un gran hueco entre la separación de QUE y la salida de tu disco. ¿Qué pasó en el medio?
-Empieza la fantasía que yo venía trayendo, incluso desde tres años antes de que se disuelva QUE. La fantasía de tocar como solista y de hacer un ensamble acústico. Pero yo soy muy inseguro, y se bien que la historia en la música tiene que ver con quemar etapas y pasar por diferentes procesos. O sea, generalmente no te gusta lo que hiciste antes. Entonces ya ponerle tu nombre a algo que después no te va a gustar, era una barrera que me costaba mucho pasar.
-¿Y cómo te animaste?
-… corté con una novia y me fui a Brasil. En Brasil yo miraba el futuro y había un vacío terrible: no tenía proyecto de pareja, no tenía proyectos musicales que me atraigan mucho, pero a la vez no paraba de componer. Y no mostraba esas canciones. Recién en Brasil empecé a abrirlas, a tocarlas en guitarreadas, y la respuesta era igual de intensa y sorprendente siempre. Para mí, significó esto: ‘dejá de pensar en vos; pensá en que la música tiene que tener su destino’. Me cayó la ficha ahí, y como por delante tenía un vacio muy grande, era ideal para juntarme con eso. -Tus canciones tienen elementos de música folclórica, pero no se asumen como folclóricas. ¿Cuál es tu relación con ese mundo?
-Lo que digo siempre es que soy porteño, y cuando digo que no tengo nada que ver con el folclore me refiero a que hay gente que si nació y se crio en peñas. Esa es gente que conoce el folclore de verdad. Nosotros conocemos el rebote, un eco. Yo soy fanático de ese eco, pero soy consciente de que es eso: un eco. Lo que nos queda a nosotros es escuchar a los traductores. Y para mí, una gran traductora es Liliana Herrero. Por ahí escuché una zamba de Falú-Dávalos antes de ser cantada por Liliana Herrero, y me gustaba. Pero cuando la escuché por Liliana me cayeron veinte fichas juntas. Digo Liliana Herrero como puedo decir Juan Quintero u otros músicos así, que son importantísimos para nosotros. Y en un momento fui consciente de que quería plasmar eso.
-Algunas canciones tienen elementos que remiten a la música árabe. ¿De dónde viene?
-Una milonga que compuse dice “mi abuelo nació en Turquía, mi abuela creció en Atenas”. Y lo dice porque es real. Tenía tres abuelos turcos y una abuela griega, aunque no sé si tiene que ver con eso. En una época, uno de mis trabajos fue como guitarrista acompañante de una cantante judeo-española. Sefaradí. Quizás algo haya quedado algo de todo eso, porque muchas cosas me encantaban. Pero en la composición no se… las influencias también son como rebotes. A veces inexplicables. Por ejemplo, yo conozco muy poco de Vitor Ramil, aunque las cosas que escuché me encantan. Y hace poco me di cuenta que hay una melodía de Nictógrafo, muy parecida a una de Ramil. O sea, entre mis influencias yo no pondría a Vitor Ramil, pero ahí estaba. Entonces las influencias, en el contexto actual, son rebotes. Desde luego, otra cosa son los faros referenciales.
-Hay una constante en tu poética: la analogía entre el paisaje y el ánimo. ¿Cuándo te empezaste a dar cuenta de eso?
-Compongo mucho sobre la relación entre el afuera y el adentro. Una canción nueva se llama, justamente, “Afuera y adentro”. Y lo que dice la canción es que lo que nos rodea es un invento; o es un invento de nuestra mente o es un invento de un dios o lo que fuera. La canción dice “esto pasa acá o en las olas de nuestras mentes / afuera o adentro todo es un invento”. Para mí, es hasta un lugar común, relacionado con mi temperamento, con mi forma de pensar las cosas. Creo que en el momento de la composición hay una palabra que hace poco se me reveló: ‘comunicación’. La necesidad de que la canción comunique. En la época de QUE eso me importaba poco. Pero en este contexto, me pregunto si la forma en que percibo las cosas es parecida a la forma en que la perciben los demás.
-El disco nuevo, ¿va por ese camino?
-Ahora lo veo muy ecléctico… no sé hasta qué punto las canciones van a tener una integridad tan clara como Nictógrafo. Tampoco puedo tener mucha noción de lo que va a ser, al menos hasta que escuche todos los temas juntos. Me acompleja un poco escucharlo y verlo muy oscuro. Por ahí comercialmente va a ser difícil, pero uno tiene que ser sincero con el momento que está pasando. Aparte de eso, soy muy inseguro. Tengo un proceso de composición muy solitario, donde me cuestiono todo el tiempo. Justamente, parte del nombre que pienso para el disco tiene que ver con eso, con la pérdida de la mirada en perspectiva. De hecho, hay temas de Nictógrafo que no me gustaban mucho, pero me gustaron a partir del estreno. “Nadie en el espejo”, uno de los temas que más pegaron, al principio no lo quería. Ahora me parece uno de los temas más lindos que hice. Con el tiempo me reencontré con la persona que lo compuso, y no es la misma que dijo que el tema era medio pavo.

EL SILENCIO

Cuando habla de su formación, la palabra que Lucio Mantel tiene en la palma de su lengua es ‘ecléctica’. Por ejemplo, en la casa paterna siempre se escuchó rock argentino. Sus hermanos mayores eran fanáticos de artistas como Charly García y Fito Páez. “Después, a eso de los 16 años, apareció Spinetta –recuerda-, y hubo un momento en que tuve que buscar la forma de extirpármelo”. Todo ese período de exploración autodidacta fue sistematizándose cuando ingresó a la Escuela de Música de Buenos Aires (la EMBA). Allí, mientras formaba QUE con sus compañeros de cursada, comenzaba un largo camino de búsqueda en la música académica y contemporánea. Luego los senderos se fueron abriendo naturalmente: “mientras se estaba disolviendo QUE, estaba simultáneamente en un grupo de tango, otro de música brasilera, uno de folclore latinoamericano y otro de boleros”.

-Pero entonces, ¿qué era lo que realmente te interesaba?
-Para dar una idea más global, a los 19 años me pasó algo importante escuchando Fina estampa, de Caetano Veloso. Por entonces, también había escuchado unos boleros de Bola de nieve, y me conmovieron muchísimo. Era raro, porque si antes me preguntaban qué genero no me gustaba, yo decía ‘bolero’. Pero la ficha que me cayó y es clave en mi formación y en mi historia como músico, es que el género es una circunstancia. Quiero decir, si vos naciste con una sensibilidad especial y lo que escuchaste toda tu vida fueron boleros, vas a hacer unos boleros increíbles. Entonces el género no puede ser lindo o feo en sí mismo, aunque obviamente uno puede tener mayor afinidad con alguno. Y esa revelación fue muy paralela a lo que estaba componiendo, cuando empezaba un recorrido por los folclores del mundo. Con el tiempo fui aprendiendo que cuando escuchás el folclore de algún lugar, podés entrar a una cultura de lleno: incluso ver cómo son los paisajes. Eso fue una de las cosas que en los últimos años me anduvieron rondando en la cabeza, aunque Nictógrafo no sea un disco de folclore ni de world music. Quería absorber esos lenguajes y también la búsqueda de algo esencial que tienen los folclores y que, en general, perdimos en las ciudades.
-¿Por razones de ese tipo se separó QUE?
-Hay un quiebre, una anécdota que pinta de cuerpo entero esa separación. Yo toco mucha samba y música brasilera, hablo portugués… soy medio fan de esa cultura. Y una semana antes de irme a unas vacaciones en Brasil, hicimos un demo para grabar el segundo disco de QUE. Ese demo es la cosa más oscura que compuse en mi vida, y conceptualmente fue lo mejor a lo que llegamos. Después me fui de vacaciones y estuve un mes tocando samba, con la playa a un paso y la cabeza muy fresca. Cuando volví el demo ya estaba listo, y nos sentamos a escucharlo. Fue tan fuerte escucharme gritando esas cosas que dije ‘yo no me subo a un escenario a cantar esto’. Me encantaba, pero yo no quería estar ahí. Una de las canciones era la música que le puse a “Invitación al vómito” de Girondo.
-¿Tu plan era hacer algo más vinculado a cierta idea clásica de belleza?
-No necesariamente. De hecho, uno de los grandes aportes de la cultura del siglo XX es otra idea de la belleza. O que el arte no necesariamente tiene que representar la belleza. Y justo por eso, elegí esa poesía de Girondo. En esa época, era muy moderno hacer un poema feo y que hable de cosas desagradables. Lo que sucedía entonces es que yo ya estaba peleado con el rock. Hoy, eso de tocar fuerte… creo que el rock, intentando golpear con el volumen, al final termina favoreciendo lo que en un principio combatía.
-Cuando empecé a acercarme a los conciertos de contemporáneos tuyos, me sorprendió descubrir que la gente se conectaba desde el silencio. Justamente, al tocar casi sin amplificación y con cierta intención, se obligaba a prestar una atención real.
-Son dos puntos claves para mí. Hace poco me invitaron a una facultad de publicidad, a dar una charla sobre creatividad. Me empezaron a preguntaron desde que lugar componía, desde qué pertenencia social. Pero yo les decía a los chicos que, en un momento de tal exceso de información, donde es mucha más la cantidad que la calidad de la información, donde la información no dice nada, lo mejor que uno puede hacer es decir algo solamente si se tiene algo para decir. Y les pego mucho, porque fue una especie de ataque. Uno se acercó y me dijo: ‘pero si mi trabajo es vender un jabón en polvo, tengo que inventar la necesidad y el deseo en una chica para que lo compre’. ‘Bueno, -le dije-, por eso no soy publicista’. Creo que algo que aparenta ser un mensaje y no dice nada es lo peor que se puede hacer. Es dañino, nocivo. Entonces vuelvo a Caetano. En la última canción de Livro, empieza a enumerar “Gal cantando ‘Candeias’, Milton ‘O que será?’… mejor que eso sólo el silencio, y mejor que el silencio, sólo Joao” (sic). Tendría 21 años cuando leí eso en un reportaje, y pensé ‘estoy seguro que esto, de a poco, me va a ir cayendo’. Y era verdad: me transformó. Hoy equilibra toda mi historia.

viernes, 3 de septiembre de 2010

ÉL MATÓ: volver al futuro

Después de cerrar su trilogía de ep's y cargarse la primer gira europea, la banda de La Plata parece detenerse a las puertas de algo. Conjugar consenso crítico y una popularidad en ascenso es, sin dudas, una buena señal. Antes de hacer su próximo movimiento, Graziano los entrevistó para G7. El texto y las fotos de Sebastián Arpesella están por aquí, en el site de la revista.

lunes, 30 de agosto de 2010

MOSALINI: último tango en París

Esta vez, vamos con un rescate. Unos tres años atrás, la obra en el exilio de Mosalini comenzaba a editarse por Argentina. El entrañable Juan José, que había integrado las orquestas de Salgán, Federico, Pugliese y se había acercado al rock, llevaba más de tres décadas radicado en Francia. A partir de entonces, su bandoneón estuvo por aqui más seguido y vaya si fue una suerte poder escucharlo. Graziano lo entrevistó para Rumbos y este fue el resultado.

ÚLTIMO TANGO EN PARÍS

Por Martín E. Graziano

Para 1977, el bandoneonísta Juan José Mosalini ya tenía una foja de servicios verdaderamente impresionante. Con apenas 33 años había pasado por las orquestas históricas de Leopoldo Federico, Horacio Salgán y Osvaldo Pugliese. Junto a Rodolfo Mederos y Daniel Binelli había formado Generación 0, un proyecto radical que buscaba renovar al tango poniéndolo en contacto con otras músicas contemporáneas. Y, además, se había acercado al rock tocando con Alas y participando en un disco clave: El jardín de los presentes, de Invisible, el grupo de Spinetta a mediados de los ’70. Pero, para 1977, la cosa se había puesto muy pesada y Mosalini ya había sido amenazado por participar activamente del Sindicato de Músicos. Fue entonces que Susana Rinaldi lo invitó a participar de una gira por América y Europa. Cuando recalaron en Paris, Juan José decidió instalarse en busca de nuevos horizontes artísticos.
Pasaron más de 30 años y mucha agua debajo del puente. Además de consagrarse a la enseñanza y fundar la primera cátedra europea de bandoneón, Mosalini formó en Francia un exitoso trío de raigambre tanguera junto a Gustavo Beytelman -otro exiliado argentino- y el contrabajista francés Patrice Caratini, además de editar otros tantos trabajos. Así y todo, ese material jamás había visto la luz argentina. Hasta ahora. El contacto con el sello Acqua Records posibilitó la edición de la obra integral del trío Mosalini-Beytelman-Caratini: “toda esta historia con la Argentina era deficitaria –apunta Mosalini, antes de cualquier pregunta-. Salvo lo que circulaba entre amigos, en un micromundo profesional y familiar, no había nada. Pero no voy a hablar de olvido porque no es así. Porque sino, no estarían estos discos”.
-¿Cómo había nacido el trío?
-Fue el resultado de un reencuentro. Con Beytelman ya habíamos hecho el grupo Tiempo Argentino, apenas llegados a Francia. Después nos dimos cuenta que nos faltaba un contrabajo, y lo invitamos a Caratini, un jazzman de cultura pero enamorado del tango desde siempre. Fundamentalmente, el trío fue una experiencia que abordamos, desde el primer momento, con una pasión enorme. La columna vertebral de nuestra existencia pasaba por ahí, y eso hacia que ensayáramos mucho. Vos reconoces a un grupo cuando está afiatado, cuando respira el mismo ambiente musical, cuando tiene una dinámica propia. Creo que en las grabaciones, esa coherencia de grupo, se siente.
-¿Tuvieron que pagar ‘derecho de piso’ en Francia?
-Llevábamos cuatro añitos allá, entonces ya había una cierta consideración por nuestro trabajo colectivo e individual. Ya habíamos atravesado algunas fronteras, que en Paris son siempre difíciles. Habíamos grabado, tocado en clubes de jazz y casas de cultura, el medio de los músicos ya nos conocía y algunos periodistas también. Después vino el éxito del primer disco y nos decidimos a hacer otro, pero entonces con temas nuestros también. Porque la identidad estaba. El trío había encontrado una sonoridad, un color.
-En Violento, el último disco del trío, incluyen piezas de maestros del jazz como Thelonius Monk y Charlie Mingus ¿Cómo se dio esa inclusión en su repertorio?
-Naturalmente. No hubo ningún deseo del tipo ‘ahora vamos a mezclar el jazz con el tango’. ¡Para nada! Odio terriblemente esa formula de la mezcla, de la world music. Esto fue puro resultado de una continuidad, de laburo cotidiano. De la misma manera podíamos tomar cosas de música contemporánea, que si venían era por la cultura de Beytelman, un compositor de alto vuelo. De todas formas, si bien no era un trío de tango, la columna vertebral, la cultura de base, siempre fue el tango.

HISTORIA PERSONAL
Desde hace un tiempo, Mosalini pasa por Buenos Aires al menos una vez por año. En estos últimos paseos, no deja de sorprenderlo el resurgimiento de Orquestas Típicas integradas por jóvenes, como la Fernández Fierro o El Arranque: “el otro día vi a un chico, un bandoneonísta joven. Mucha pinta el pibe. Salió con el bandoneón y sólo faltaba que las pibas se cortaran la cara con las uñas como los Beatles. Y yo dije ‘que bárbaro… exactamente lo apuesto a lo que me pasó a mi’ (risas)”. Más allá del guiño humorístico, el episodio sirve para delinear una época. A Mosalini le tocó en suerte nacer al tango cuando el género estaba en pleno repliegue, dejando de marcar el pulso de la ciudad para refugiarse en los café-concerts. Eran los ’60, hoy recordados por artistas con profundidad histórica como Almendra o Piazzolla, pero entonces poblados masivamente por autores e intérpretes menos felices.
-Era un período de transición. Antes el tango era representativo de un estado del alma, como dicen los franceses. Los tangos que se escribían y se estrenaban hablaban de las cosas cotidianas y hasta podían ser contestatarios. Pero en ese contexto, el tango no forma más proyecto de las empresas grabadoras y eso se manifiesta con la década del Club del Clan. Las multinacionales inventan un producto, en respuesta a una tendencia mundial, con influencia de música anglosajona aunque de los Beatles poco pero nada. Una canción espantosa en manos de intérpretes varios. Los programas de radio cada vez pasaron menos tango, menos orquestas estables, menos bailes populares. Quedaron los grupos más pequeños y se empezó transformar el paisaje del tango. En los café-concerts una orquesta típica era muy difícil que entrara por razones físicas. Y además, era imposible de pagar.
-Con el jazz pasó algo similar, cuando las big bands de los ’30 se reducen -por razones sociales como la Segunda Guerra- a quintetos o cuartetos. La música relega su funcionalidad social, el baile, y privilegia la escucha. ¿Fue un proceso similar?
-Naturalmente. Los ritmos de las orquestas cambiaron. Las orquestas de Troilo y Pugliese se hicieron más lentas. Empezaron a tratarse arreglos que transformaron la continuidad rítmica y de pronto se hizo más difícil bailar. Esa era la crítica de los bailarines. Y no hablo sólo de Piazzolla, porque los puristas se quejaban hasta de Troilo. Se quejaban de ciertos ‘calderones’, que técnicamente es el reposo en una nota. El bailarín dijo de pronto: ‘che Pichuco, ¿que hago con la pata izquierda? Por favor, salvame que me caigo’ (risas) El tipo se quedaba colgado con una pata en el aire, escuchando un reposo de la orquesta, sin saber adonde ir. Eso es bárbaro, es simbólico.
-¿Y con qué aspiraciones te incorporaste a ese mundo?
-Tanto que bandoneonísta yo vivía la contradicción de la época. Es decir, era mal visto. En consecuencia, en la adolescencia, eso me marcó. Yo dejé de tocar el bandoneón durante meses porque mis compañeros del colegio se burlaban de mí. Pero el azar hizo que participara del concurso ‘Nace una estrella’, en Canal 13 allá por el ‘61. Lo gané y ahí me metí en el ambiente profesional. Por entonces, había apenas un puñado de bandoneonístas de mi generación. Había un bache.
-¿Cómo se gestó Generación 0?
-Rodolfo Mederos, Daniel Binelli y yo fuimos los tres bandoneonístas de la misma generación que Pugliese incorporó a su orquesta en el ’69. Los tres teníamos la misma óptica: contestatarios por no decir tirabombas. Con todo afecto, renegábamos de la jovatería tanguera, mirábamos eso con desconfianza y pensábamos que estaba anquilosado. Entonces Mederos decidió hacer un grupo para romper con todo. ¡Pero era completamente absurdo! Un borrón y cuenta nueva, como si hubiera venido una especie de terremoto, de diluvio.
-¿Se reconocían como discípulos de Piazzolla?
-Si, claro. Había una identificación. Nada más que por rompehuevos como era Astor nos bastaba para enrolarnos con él! (risas) Obviamente por el peso de la música era una de las columnas vertebrales de las cuales nos agarrábamos ferozmente. No nos dábamos cuenta de que estábamos entroncados con Firpo, con Troilo, y por más que no quisiéramos, tocando salía toda esa mugre. Cuando vos lo escuchabas a Mederos hacer un solo de bandoneón, ahí no había ningún conflicto: la frase era súper tanguera… pero después, al lado, puteaba.

LENGUA VIVA
-Hay géneros, lenguajes musicales que naturalmente cumplen su ciclo y dejan de hablarse. Pasan a ser piezas de museo. El tango ¿es una lengua viva?
-Si, con todas las letras. Desde que tengo uso de razón, el certificado de defunción del tango lo vi al menos cincuenta veces. Es una música muy joven. ¿Pensás que el jazz pueda morir dentro de 20 años? No, es impensable. Transformarse, enriquecerse, o hasta empobrecerse, eso si. Pero no me puedo imaginar su muerte porque es una expresión natural. Efectivamente yo me voy a morir, pero ahora ¿que me vas a hablar de la muerte del género por el cual yo respiro?
-De todas formas, y recordando aquella discusión alrededor de Piazzolla, ¿vale la pena preguntarse si tu trabajo es tango o no?
-Lo dejo al libre criterio de aquel que se le ocurre hacer un análisis. Yo me circunscribo en una dinámica numerosa. Soy un cachito más, un gramo de aceite adentro de una locomotora gigante que sirve para hacer andar la máquina. Lo que habría que hacer es tratar de crear mejores condiciones, con responsabilidad y rigor de trabajo. Por razones que tienen que ver con el mercado y el turismo, cierto consumo exige un tipo de tango, a un cierto volumen y en un cierto contexto. El profesional no puede escapar de esos condicionamientos, pero tiene que ser consciente. Tiene que ir a laburar a la noche a Sr. Tango para ganarse unos mangos, pero con la condición de que, al día siguiente, riegue la planta por otro lado. Haciendo un arreglo nuevo, componiendo o grabando. Tiene que haber un trabajo paralelo, silencioso, hasta que algún día se abre la ventanita. Esas cosas pequeñas pueden tomar una proporción que ni uno sospecha. Si se concientiza eso, si se hacen las cosas con rigor –palabra antigua-, con una ética –palabra aún más antigua-, se cuida la salud de la música urbana.
-Rigor, ética, honestidad ¿no son valores demasiado básicos?
-Efectivamente, pero vos hablás de eso y te dicen ‘vos estás loco… ¿de que estás hablando?’. Entonces, ‘el que no afana es un gil’ y todo eso. Como dijo un amigo: ‘la vida no es un tango, pero le pasa raspando’.



lunes, 23 de agosto de 2010

KEVIN JOHANSEN: el desgenerado

Apenas unas horas después de editar Vivo en Buenos Aires, Johansen fue entrevistado para G7. El autor de la nota, para desgracia o fortuna del alaskeño, fue nuestro Graziano. Los temas fueron los recurrentes y los no tanto: tanto su mirada mestiza y la sociedad con Liniers, como Instrucción Cívica y su infancia en el Uruguay. El artículo se publicó unos meses atrás, y pueden leerlo en el sitio de la revista.