miércoles, 27 de abril de 2011

RESEÑA: Les Menttetes Orchestra

Antes de que sea demasiado tarde (ya están en estudios grabando un nuevo disco), ahi la reseña que escribió Graziano sobre el último disco de la banda de Adrián Rivoira y Eugenia Brusa. Se publicó en marzo, en las páginas de G7.
LES MENTTETES- Les Menttetes Orchestra
Desde la edición de Let’s Mentettes (2008), la banda de Adrián Rivoira y Eugenia Brusa se ubicó en el puente que unía el pop sixtie con esa cancionística cinemascope que enloqueció a Brian Wilson. Una obsesión que aún comparte con otras bandas porteñas y contemporáneas como Brian Storming y Mompox. En algún momento, el cellista y arreglador Manuloop (Manuel Spina, ex-Orquesta de Salón) encontró potencial musical y narrativo en sus canciones. También encontró, fundamentalmente, espacio para desarrollarla formalmente con la banda dialogando frente a un ensamble de cuerdas y vientos. El resultado de esa experiencia, registrada en los míticos estudios ION con la ayuda de Manza Esaín, es Les Mentettes Orchestra. Un disco precioso que realza no sólo las virtudes, sino también alguna debilidad. Así, las oleadas de “Cosmic sidewalks” y los staccatos de “Fairy Tale”, revelan el paladar exquisito de Rivoira como melodista. Sin embargo, también subrayan una y otra vez la decisión –respetable- de escribir sus letras en inglés. No es un dato menor o, al menos, no debería serlo. Porque, en alguna instancia, la canción pop también es comunicación.
Martín E. Graziano

jueves, 14 de abril de 2011

MOSKA: el carioca melancólico

Después de siete años sin discos, el cantautor de Río de Janeiro acaba de editar dos albumes independientes y en simultáneo. Como un juego de espejos, los tituló Muito y Pouco: dos maneras diferentes de entender la canción para el mismo tipo. Graziano lo entrevistó hace unos meses para la revista G7. Aquí está el resultado. EL CARIOCA MELANCÓLICO
A partir del exitoso Tudo novo di novo (2003), Paulinho Moska comenzó a estrechar cada vez más su lazo con el Río de la Plata. Primero fue a través de Jorge Drexler, pero casi de inmediato trabó amistad con Kevin Johansen, Pedro Aznar y los músicos de Bajofondo. Ese proceso amistoso coincidió con una nueva etapa en su vida. Después de 13 años vinculado a una discográfica multinacional como EMI, el cantautor carioca hizo un paso al costado y se lanzó al vacío como artista independiente. Eso significó, además, un nuevo lugar para todas sus inquietudes como artista. Así, durante estos últimos siete años Moska pudo hacer exposiciones con sus fotografías, desarrollarse como actor y hasta tener su propio programa de TV: el magnífico Zoombido. En ese sentido, las fotos de los flamantes booklets de Muito y Pouco son reveladoras. Imágenes vitales de un hombre en libertad, embarcado en un viaje donde la obra y la vida misma empiezan a confundirse. La música parece decir lo mismo. En el caso de Muito, con una música expansiva y celebratoria. En Pouco, con una serie de miniaturas acústicas.
Estos discos, ¿son fruto de qué circunstancias?
Me liberé de la obligación de grabar un álbum cada 18 meses y mi vida quedó más desacelerada. No había un plazo ni fechas, así que pude vivir el proceso de creación con más libertad. Lo más curioso es que mi vida profesional se convirtió en una multiplicidad de actividades. Soy un pluralista, un punk: “no sé hacerlo, pero lo hago”. Muito Pouco es fruto de este tiempo de disfrute: estuve con muchas giras, me enamoré de nuevo, me casé y tuvo mi segundo hijo. Cosas fuertes.
¿Cómo te diste cuenta que tenías dos discos entre manos?
Empecé con el disco Muito, con los músicos en un estudio grabando arreglos pop (con batería, bajo, guitarra y teclados). Mientras tanto en mi casa grababa unos registros muy simples de otras canciones que pensaba eran para un futuro disco. Pero la magia de estas canciones puras, sin arreglos, me enamoró tanto que casi no edité Muito. No había nombres para los álbumes, pero una canción (“Muito Pouco”) me dio una indicación de juego con la dualidad que estaba siendo desenvuelta. Un disco más lleno, extrovertido y “para fuera”; otro más vacío, introvertido y “para adentro”.
Entre los invitados están Pedro Aznar, Kevin Johansen y los Bajofondo. ¿Qué significa vos su participación?
Después de Jorge Drexler, fueron mi conexión con el mundo de lengua hispánica. Los invité porque la vida nos puso en el mismo camino. Los conocí, cantamos y tocamos juntos en muchas situaciones y nos volvimos amigos. Todas las participaciones son fruto de música y amistad. Y para mí un álbum es una fotografía de los buenos encuentros: un registro poético de la realidad. En Zoombido entrevistaste a los compositores contemporáneos más importantes del Brasil. ¿Cómo funcionó esa experiencia?
Un privilegio de vida. Ya estuve con más de 130 cantautores en cinco años, y con cada uno fue una experiencia maravillosa. La diversidad y intensidad de los encuentros me regalaron la idea de que un artista tiene que buscar su propia firma. Su manera de hacer y decir las cosas, sin quererse parecer con el otro. A veces algo que nos parece un defecto puede ser nuestra mayor calidad. Por eso cada vez más afirmo más mi singularidad y creo en mi mirada. Mi mirada no es la verdad, pero es mi verdad.
El mapa musical del Brasil suele ser inabarcable para los argentinos. En ese contexto, ¿dónde sentís que está ubicada tu música?
El mapa musical del Brasil es inabarcable ¡hasta para los brasileros! [risas] Es un país multicultural, inclasificable, indefinible. Muchos Brasiles conviven y están siempre mezclándose con nuevos Brasiles. Kevin Johansen dice que soy un ‘carioca melancólico’ y me pareció un paradoja. Entonces digo que tiene razón, porque me siento un eterno aventurero en busca de coherencia en la paradoja de la vida. Lleno de vacío, todo nuevo de nuevo…y todavía mucho poco.

martes, 5 de abril de 2011

RESEÑA: El Progreso

Editado por el sello español Ojo Música (y Random Records en Argentina), el disco nuevo de Pablo Dacal está llegando a la calle. Es, sin dudas, una noticia atendible: El progreso parece tener destino de clásico contemporáneo. Si, señor: y Graziano lo reseñó para la Rolling Stone de abril. Se lee por aquí, en el site de la revista.

lunes, 4 de abril de 2011

EL CUARTETO DE NOS: los sospechosos

Durante 2010, la banda de Roberto Musso empezó a encabezar festivales y hasta llenó un Luna Park. Bipolar, su último disco, los ubicó en un plano inédito para estos tipos que no se parecen a ningunos desde hace más de 25 años. Graziano los entrevisto y se habló de mucho: desde los oscuros '80 hasta el luminoso presente, pasando por la censura y la reinvención junto a Juan Campodónico. La nota por aquí.

miércoles, 23 de marzo de 2011

RESEÑA: Ciertos pájaros

Unas semanas atrás, se editó el primer disco del trío Valeu! Graziano lo reseñó para el número de marzo de la revista Rolling Stone. Aquí está el texto.
VALEU!- Ciertos pájaros
Quién iba a sospechar que Doris, ese disparate psicodélico de post-rock, era una cantera de compositores populares y latinoamericanistas. Con los Caracoles y Onda Vaga, despuntaron Nacho Rodríguez y Marcelo Blanco. Ahora es el turno de Julián Zamt, que en Doris tocaba la batería y aquí se hace cargo de la guitarra criolla y una de las voces. Su contrapeso femenino es Clara Besfamille, una cantante y pianista de formación jazzera y cintura pop. Juntos y con la percusión de El Ekeko armaron Valeu!, un trío acústico que acaba de llegar a su debut: un disco montado sobre tensiones. Por un lado, entre los elementos más “occidentales” (el piano, la voz melodiosa de Clara) y ciertos conceptos africanos, traducidos por los timbres de la kalimba y el udú. Por otro, entre el songwriting de Zamt y Besfamille, un desbalance compositivo que parece debatirse entre ser pop o popular. Y claro, la cosa promete cuando encuentran el equilibrio. Basta escuchar “Colibrí”, una canción liviana y profunda con algunos versos fosforescentes: “andando, sabiendo escuchar a la muerte / segundo a segundo amanece”.
Martín E. Graziano

jueves, 17 de marzo de 2011

JUAN QUINTERO: luna tucumana

Es uno de los compositores más representativos para las nuevas generaciones del folclore. Con su grupo Aca Seca, a dúo con Luna Monti o Edgardo Cardozo, el tucumano se ha establecido como una artista medular para avizorar la música argentina del siglo XXI. Graziano lo entrevistó hace un par de años y se publicó en Rumbos. Aquí está el rescate.
EL HACEDOR

Por Martín E. Graziano

El periplo de Juan Quintero arranca bastante antes, en un patio tucumano con guitarras y asado, pero comienza a hacerse más público hacia 2002, cuando apadrinado por Juan Falú editaba su primer disco. Este muchacho tucumano, que poco antes había desembarcado silenciosamente en La Plata para estudiar música, sorprendió a casi todos con una madurez estética que metabolizaba el mejor folklore argentino. Aquel disco resultó un nido de composiciones notables, algunas tan visitadas que entreven un futuro no tan lejano como standards folclóricos. De todas formas, el mismo Quintero aún está disconforme con el registro de aquel primer paso. No casualmente, apenas formó Aca Seca Trío con Andrés Beewsaert y Mariano ‘Tiki’ Cantero, decidió incluir en el repertorio de su nuevo grupo muchas de aquellas canciones. Fraguado en el ámbito universitario platense, Aca Seca estableció un patrón de belleza y virtuosismo tan fuerte que se convirtió en referencia para toda una nueva escena folclórica. Una escena más dispuesta a la escucha y el diálogo íntimo que a la masividad de los medios y los grandes festivales.
Sin embargo, las inquietudes de Juan no se limitaron a Aca Seca. Además de su tarea como arreglador y docente, desde entonces lleva adelante un dúo con Luna Monti y otro junto a Edgardo Cardozo, sin pasar por alto un proyecto en colaboración con Carlos ‘Negro’ Aguirre que acaso, esperemos, culmine en un registro.
-Tu música, por fuera de los ritmos del mercado, parece fruto de las relaciones y la naturalidad. ¿Cómo concebís la música?
-Es que, por ejemplo, nunca tuve contrato por disco. No es que esté en contra, porque uno es músico y a veces está bueno tener la presión de tener que producir algo, pero los discos que hacemos nosotros, han sido siempre fruto de la voluntad de hacerlos. De pensar lo lindo que sería, y de ponerle cariño. Esas cosas no se pueden apurar. Por eso ahora todo está en proceso de armado. Estos han sido años de mucha tocada y muchos viajes, pero el espacio del ensayo, que es fundamental para la creación, ha quedado un poco relegado. Por eso el receso. Estoy arrancando a componer, pero me cuesta… No soy un compositor prolífico.
-Aca Seca ha llevado el folclore a una instancia instrumental muy avanzada ¿hasta dónde es posible seguir en ese camino?
-Es verdad que llama mucho la atención entre el circuito de músicos. Aunque no ha sido una voluntad nuestra llevar nada hacia ningún lado. Sólo agarramos las canciones y las tocamos como nos sale. Claro que el lenguaje que cargamos, en general, es muy prolífico de acordes, pero yo no siento que se trate de ‘enriquecer’, que es una palabra peligrosa. Con algunas canciones hemos hecho procesos muy largos, de embarrar y recontra-arreglar. Hasta que de repente hemos llegado al momento de limpiar. Digo, muchas veces el comentario sobre Aca Seca -y sobre algunas otras músicas que quiero-, es que la virtud pasa por agregar cosas. Y agregar no es siempre ni una virtud ni una decisión correcta. Se trata de hacer las cosas como a uno le sale: a veces uno agrega y otras queda en una especie de páramo.
-¿Les preocupa convertirse en un grupo para músicos?
-No querría que fuese así. Me consuela saber que hay mucha gente que lo disfruta y no se dedica a la música. Obviamente creo que mi música, como la de muchos otros, circula de manera más fluida en espacios donde hay agite cultural, digamos ‘universitario’. Y me gusta que los músicos que admiramos nos tiren buena onda y nos hagan comentarios que no suelen hacernos los ‘civiles’ (risas). Pero finalmente tampoco es una música tan cabezona. A lo que apuntamos es a fluir.
-¿Se sienten parte de una escena?
-De una que sí. El Negro Aguirre, Juanpi Dileone, la negra Archetti, Coqui Ortiz… no sé cómo definir la escena, pero estamos en contacto con muchos artistas y entre nosotros hay una gran avidez por las opiniones y por qué es lo que está haciendo el otro. Creo que una de las características es la apertura. Tampoco estamos dentro del circuito de los folcloristas, aunque a veces hemos participado de festivales. Siempre estamos como una antena circular, atentos hacia todos lados y a lo que caiga.

LUNA TUCUMANA
Es fama que los tucumanos suelen cantar de manera sonora y altiva. Sin embargo, los modos de Juan Quintero son muy otra cosa. Juan canta como habla, y a la hora de conversar es necesario cierto silencio porque habla bajito y pausado. “En mi casa tampoco se cantaba muy fuerte –dice Juan-; aunque mi viejo si, cantaba fuerte y le gustaba porque tenía un gran vozachón”. Sus padres, vinculados al ámbito artístico y cultural tucumano, eran muy cercanos a gente como Juan Falú y Pepe Núñez, con quienes compartieron algún coro en la adolescencia. Así, desde que Juan era un niño, en casa de los Quintero se hacían asados que derivaban en suculentas guitarreadas que lo marcaron para siempre.
-¿Qué relación tenés hoy con Tucumán?
-Tengo familia y muchos amigos. Cada vez que puedo voy a Tucumán, y siempre me he inventado excusas para viajar. Son una referencia muy fuerte para mí. Ahí tengo un par de amigos despiadados que escucho mucho, aunque no saben nada de música. Por ahí me dicen ‘che, una mierda esto lo que estás haciendo…’. Y yo les hago caso (risas). Diría que en muchas cosas, Tucumán es como un espejo.
-¿Cómo te determina que la música llegue familiarmente?
-Si bien en casa se cantaba mucho, se hacían reuniones y la música era parte fundamental, por suerte nunca me han jodido con eso. He hecho la prueba a los 12 años de estudiar chelo, y me he aburrido muchísimo. Un tiempo después me han preguntado si quería tomar clases de guitarra. Me tocó un profe muy piola y por ese lado me he empezado a enganchar. Después ya participaba de esos asados donde estaban Juan Falú, Pepe Núñez, y de repente pelaban la guitarra y empezaban a tocar. Se jodía mucho, se tocaban boleros, música brasilera, cosas de ellos y calculo que en alguna época se copaban con jazz. Era bastante abierto, y el sentido no era siempre escuchar la música… podía ser un descajete, a veces, que también estaba bueno. Para un changuito como yo, era muy seductor.
-¿Cual es la principal enseñanza que te ha dado gente como Juan Falú?
-De todo. La suerte con Juan, por un lado, ha sido que yo tengo una admiración tan grande que le he hecho caso ciego en todo lo que me ha recomendado. Entonces a los 18 me ha dicho que me tenía que ir a estudiar a La Plata. Yo no sabía qué era La Plata, pero me he ido (risas). Me ha dejado una impronta fuertísima con respecto a la música. Su toque profundo, es como su voz: inconfundible. Y por otro lado, toda la gente que ha participado de esas reuniones me ha marcado en la manera de cómo se vive la música. En el conectarse, está el que toca y está el que escucha. Y ahí he aprendido bien que el que escucha también determina cómo vas a tocar. Se tiene que producir una conexión. Tiene que ser un diálogo. Y siempre voy a buscar eso en los recitales. Las primeras veces que me animé a tocar en esas reuniones, cantaba con una vocecita casi inaudible y tocaba muy despacio. Había sacado una zamba, y me había esmerado buscando unos acordes. Y en la reunión me pasan la guitarra, un pendejo, para tocar esa zamba aburridísima y muy despacito… sin embargo, todo el mundo estaba ahí, conmigo. Y en el momento que llega la sección de esos acordes -que eran cuatro, me acuerdo perfectamente-, Juan dice: ‘bien, chango’. Y nada más. Esos gestos son determinantes. Siempre busco ese tipo de conexión.
-¿Por dónde te gustaría que pase tu aporte como artista?
-No sé, che… Tal vez en las cosas que perduran en mí de los grandes. La pasión, la voluntad de escuchar, de comunicarse. Eso para mí es fundamental. Eso ha sido y es lo que puede promover las vanguardias más grandes y lo que puede hacer disfrutar las cosas más tradicionales. Si uno, como oyente o como tocante, se dispone a escuchar, a disfrutar y dar lo mejor de sí, provoca ese espacio propicio donde pasan todas las cosas buenas que pasan en la música.

miércoles, 9 de marzo de 2011

RESEÑA: Nacho y los Caracoles

Con el mismo título que su primer volumen (pero distinta tapa), a fines del año pasado se editaron estas nueve canciones nuevas. Graziano lo reseñó para la Rolling Stone de febrero.
NACHO Y LOS CARACOLES- Nacho y los Caracoles
Saturado por algunos mandatos del rock, Nacho Rodríguez asistió de pie a la separación de Doris. Para esa tormenta doméstica, el primer refugio fueron los Caracoles. Es decir, la amistad nueva con Alvy Singer y Faca Flores, dos músicos con un background que excedía los límites del género. Por eso no fue casual que la música que drenaron remitiera a la canción latinoamericana y tuviera un profundo sabor balsámico. Tampoco que el trío privilegiara una orquestación mínima (guitarra criolla, percusión, contrabajo) y hasta prescindiera de amplificación. En el plano letrístico, Nacho mostró una economía zen que, en este segundo disco, encuentra una buena sociedad con dos haikus trasandinos de Perrosky. La otra versión es una relectura preciosa de “Esquadros”. Una devolución de gentilezas para Adriana Calcanhotto que, en su última visita, tocó “Cántale” junto a Moreno Veloso. La gratitud, un sentimiento a contramano en estos tiempos. Como la letra de “Salgo de caza” que, cuando todos corren buscando la nueva gran cosa y sacan fotos de concierto con el celular, prefiere cantarle a “la magia de estar acá”.
Martín E. Graziano