lunes, 11 de julio de 2011

RESEÑA: Este tiempo

Nuestro periodista tuvo el compromiso -y la fortuna- de reseñar una de las ediciones más esperadas del año. Hablamos, desde luego, del disco nuevo de Liliana Herrero (acompañada por su banda Nueva). El texto que sigue -que peca de breve, dadas estas y todas las circunstancias- se publicó en Rolling Stone de junio.
LILIANA HERRERO- Este tiempo (S-Music)
Reseñar un disco de Liliana Herrero es como intentar desarmar una bomba: son artefactos de sentido tan condensados que cada parte tiene una importancia vital. Por empezar, uno de los pilares de su arte es la elección del repertorio. Herrero lo organiza sobre una cartografía, tensando el presente con la memoria de un pueblo y los anhelos del porvenir. Así, en sintonía con aquel viejo sueño de Artigas, piensa una sensibilidad regional que le permite trabajar con soltura sobre la obra de compositores uruguayos como Cabrera, Roos, Fattoruso o el Pitufo Lombardo. También hilvanar a referentes de nuestro folklore con cancionistas flamantes como Lisandro Aristimuño. En ese sentido, su nuevo disco pone el foco, justamente, en Este tiempo. Impulsada por la necesidad de intervenir en la discusión de su época -pero capaz de trascenderla-, Herrero armó un cuarteto acústico, de vanguardia y cable a tierra. Un ensamble de extracción jazzística que le permite explorar los universos de tipos como Diego Schissi, dosificar con sabiduría los matices de su canto y firmar su disco más optimista. En definitiva, hablar del presente es entrever un futuro.
Martín E. Graziano

viernes, 8 de julio de 2011

PABLO TRAPERO: acariciando lo áspero

Ahora que Carancho ganó el Cóndor de Plata como Mejor Película, vale la pena rescatar esta nota. Se trata del reportaje que Graziano le hizo a Trapero hace unos meses, cuando la película aún tenía chances en la carrera por los Oscars. La nota -tapa de G7 y con fotos de Nora Lezano-, está aquí.

ACARICIANDO LO ÁSPERO

Por Martín E. Graziano

El hombre se acostumbra a todo, incluso al vértigo. En el cuartel de operaciones de Matanza Cine, la productora que Pablo Trapero fundó con su mujer Martina Gusmán, la cosa está tranquila. Sin embargo, cuesta pensar un presente de mayor efervescencia. Carancho, la película protagonizada Ricardo Darín y la propia Gusmán sobre el mundo sórdido de los accidentes de tránsito, los seguros y los abogados ‘rompehuesos’, no sólo está seleccionada para representar a la Argentina en los premios Oscar. Después de recorrer festivales a lo largo y ancho del planeta y estrenarse comercialmente en casi toda Latinoamérica, buena parte de Europa y Estados Unidos, Carancho también tiene casi cerrada su remake norteamericana. Detrás del proyecto está Imagine, la productora de Ron Howard, que se interesó por la película y cuenta con Scott Cooper (Crazy heart) preparado para dirigir la adaptación. Además Trapero, que ya entrevé su próxima película y viene de presentar un corto en la exposición parisina Brune Blonde, está preparando sus valijas para Cuba. Allí rodará un nuevo corto para Siete días en La Habana, un film colectivo sobre la capital cubana que reúne a directores como Gaspar Noé, Juan Carlos Tabio, Julio Medem, Elia Suleiman, Laurent Cantet y Benicio del Toro en su debut como realizador.
Sin embargo, en los pasillos de Matanza Cine la cosa está tranquila. Reclinado en su silla, apenas toma un poco de distancia, Trapero descubre que sí. Que desde el momento exacto en que cerró la primera copia de Mundo grúa hasta este presente de Oscar, remakes y retrospectivas en el exterior, toda ha sido bastante vertiginoso. Con su habitual prepotencia de trabajo, viene entregando rigurosamente una película cada dos años, además de cortos y otras producciones. Películas vitales como Familia rodante y Nacido y criado. Películas filosas y sin concesiones como El bonaerense, Leonera y la propia Carancho, que definen una zona franca donde la ley y el delito son materias permeables. Donde la ética no es pura abstracción, sino que se construye a diario y con hechos palpables.
Aunque le fue muy bien en la taquilla, Carancho no es una película amigable. ¿Intuías el potencial que tenía a nivel público?
Más o menos. Por suerte, desde mi primera película las expectativas siempre fueron superadas. Y no pienso solamente en el público de la sala o los festivales, sino en toda la gente que ve la película. En ese público mucho más grande, difuso y difícil de medir, que surge del DVD original, del pirata y todo el download de internet. Porque hoy poca gente tiene acceso a la entrada de un cine y hay lugares que ni siquiera tienen sala. En ese sentido, la verdad es que me sorprendió el alcance de Carancho, porque tiene la intensidad que todos vimos y sin embargo sigue conectando en cada lugar donde se proyecta.
¿Por qué crees que la película conectó?
Una cosa que me alegra es que la gente, en todos lados, habla de Sosa y de Luján como si fueran tipos cercanos. Más allá del mundo particular, son personajes que tienen la posibilidad de convertirse en “personas”. Incluso en algunos lados, cuando me acompañaron a las proyecciones Martina y Ricardo, la gente ¡hasta les hablaba distinto! Y eso es muy importante, porque la película no es un retrato de la corrupción ajena. Habla de nuestra corrupción de todos los días. Habla de las decisiones silenciosas y no de un sobre oscuro debajo de la mesa.
Cuando uno hace este tipo de obra interviene en la discusión de su época. ¿Te interesaba incidir sobre la realidad con Carancho?
Me llevó años y varias películas entender la dimensión de lo que mis películas producían afuera. Filmo con cierta frecuencia, entonces una vez que termino una película ya estoy en otra cosa. De hecho, terminé Carancho y una vez que vi la copia que viajó a Cannes… ‘chau, nos vemos’. Digamos, si bien me alegra saber que a mis películas les va bien, más me alegra saber que voy a hacer mi próxima película. Entonces antes no era muy consciente de lo que provocaba. Pero con los viajes y los años, empecé a ver la fuerza con la que se comunicaron. Y la verdad es que, desde mis primeros cortos, siempre supe y sentí que una de las cosas que me motivaban para hacer cine era la posibilidad de expansión que genera como lenguaje. Esa capacidad histórica que tiene el cine de comunicarse con la sociedad y que la sociedad devuelva con un nuevo significado.
Hablábamos de que los personajes generaban empatía. ¿Eso sucedió en cada parte del mundo donde se exhibió o sólo aquí?
Es bastante similar. Eso por un lado me alegra, por otro me sorprende y por otro me entristece [risas]. Quiero decir que muchos de los problemas que yo pensaba que eran muy locales o latinoamericanos, suceden en distintos lugares y en diferentes medidas. La diferencia con los países centrales es que tienen mecanismos para que sea menos evidente. Pensá que el mundo está como está no por los países del Tercer Mundo, sino que pagamos por los países centrales. En el caso de Carancho, ni bien me puse a investigar no teníamos mucha información local, pero nos enteramos enseguida que en Estados Unidos a estos tipos los llaman “ambulance chaser”. Yendo más lejos, el film noir -que es un género norteamericano con el que esta película intenta dialogar- históricamente hace un análisis de la sociedad a partir de los mundos íntimos de los personajes. Y como sitio turbio del policial, el mundo de los seguros es hasta un lugar común. Esto mismo me sucedió cuando se estrenó Un profeta [de Jacques Audiard, 2009] y mostraba un universo de la cárcel no muy diferente al de Leonera o Carandirú. O con El Bonaerense y los tipos de extrema derecha que se meten en la policía porque quieren ejercitar sus prácticas represivas de manera legal.
Se está gestando la remake de Carancho. ¿No te genera una cierta incertidumbre por el resultado?
Con mis películas soy muy control freak: edito, hago sonido, produzco, dirijo, hago de todo. Pero me parece que una vez que la película está terminada y alguien decide tomar eso como referencia para una cosa nueva, excede inevitablemente las posibilidades que tengo sobre eso. Ni siquiera puedo saber lo que va a sentir el tipo que ve la película a las 11 de la noche, el que la ve a las 2 de la tarde, o en Francia, en Corea, o el que la ve fragmentada, el que se la baja trucha y le faltan escenas… No es que no me importa el resultado: me encantaría que la remake sea buena y que sea lo más fiel posible. Pero a la vez ya está bueno que una película hecha en Argentina, que aparentemente está hablando de cosas más locales, pueda hacer todo el crossover. Que logre mutar no sólo desde las personas que la ven, sino también desde las personas que la hacen.
¿Cómo están viviendo de entrecasa la pre-selección para los Oscars?
Bueno, justo ahora fui a Los Angeles y mi agente en Estados Unidos me hizo meetings y esas cosas, pero la verdad es que no hay mucho para hacer. No se puede hablar con los votantes (está muy mal visto) ni podés mandar tapes, porque para ver la película los tipos tienen que ir a una proyección especial y estar acreditados. Y no sólo tienen que ver Carancho, sino que para poder votar tienen que comprobar haber visto una X cantidad de películas. Por eso es bueno que la película genere sus noticias, y además de que ahora se estrena comercialmente en Estados Unidos, ya tiene un recorrido como de 30 festivales internos. Festivales que no sólo son Sundance, o Toronto, sino festivales de público y no de guests. Todas esas cosas hacen que la película siga dando vueltas.
Esta nominación confirma que en tu obra, el equilibrio entre lo popular y lo sofisticado, aparece cada vez más resuelto. ¿Cómo fuiste logrando acercarte a esa arena?
Es muy difícil que vos te lo plantees como un objetivo, porque entonces pasa a estar en un primer lugar y antes que la obra misma. Pero bueno, directores como Fellini, Favio y Chaplin son los que me inspiraron cuando era espectador, cuando era estudiante y me inspiran ahora como director. Y a mí lo que me gusta es hacer películas y que tengan públicos diversos. En general y en la vida, me encanta la variedad. Entonces lo que no me gustaría es la homogeneización: que todo el mundo piense lo mismo sobre mis películas. Me gusta que tengan vida, que provoquen debate, que generen distintas lecturas, que gusten en un país más que en otro... No me gustaría que pasen desapercibidas, aunque con esto no quiero decir que hago un cine provocativo, sino que las películas tienen vida cuando hay alguien del otro lado que las analiza porque le producen algo. Entonces las incorpora. Con los años me voy encontrando gente que me habla de escenas, líneas de textos o personajes secundarios. Eso no quiero que deje de pasar… El cine literalmente es movimiento, y yo quiero que mis películas no paren de generar movimiento.

EL APRENDIZ
Aunque hoy parezca lejano, hasta hace poco tiempo había que contar con presupuestos enormes, un elenco de actores famosos y toda una carrera como asistente para hacer cine en Argentina. Pablo Trapero entendió que, si tenía que seguir paso a paso los escalones establecidos por la industria, no iba a filmar su primera película hasta los cincuenta años. El problema era que el cine de entonces no lo representaba y, sobre todo, que tenía muchas cosas para contar. Y había que contarlas rápido. Entonces decidió inventar un camino para embarcarse en su propia odisea suburbana: eso fue Mundo grúa. Por fortuna, no estaba solo. Al mismo tiempo y espontáneamente, toda una generación de realizadores estaba empezando a tomar el pulso del cine local. Esteban Sapir y Martín Rejtman presentaban sus óperas primas, Adrián Caetano y Bruno Stagnaro preparaban Pizza, birra, faso y Lucrecia Martel empezaba a trabajar en La ciénaga. Eran esas historias sobre los pliegues que el ominoso cine industrial no alcanzaba a registrar. Eran relatos urgentes para un país en picada: la Argentina desangelada de los ’90. Prosaicamente, se lo llamó Nuevo Cine Argentino.
Adrián Caetano decía que un sistema muy perverso se había devorado buena parte de los aportes de esa generación. ¿Vos cómo lo ves?
Está claro que no quiero polemizar con Adrián, pero antes de que existieran todas estas películas, el sistema era peor para este cine. Bueno, directamente no existía. Antes de fines de los ’90 el sistema hacia nuestro cine era absolutamente ajeno y nosotros éramos como extraterrestres. Lo que suceda ahora entonces, depende un poco de todos: de los que hacemos las películas y de los que producen (que no necesariamente son gente del otro lado del río). Digo, no depende sólo de vos, pero sobre todo depende de tu impulso. Para mí el cine pertenece principalmente al mundo de las ideas, y las ideas necesitan de mucho coraje y mucha gente para bajarlas a la realidad. Y desde mi época de estudiante, siempre sentí el cine como muy cercano a la idea del rock. Tenés que tener algo para decir, compromiso, energía y estar dispuesto a vivir en esa especie de viaje.
Mundo grúa fue un hit del under. Viéndolo de aquí, ¿no te parece bastante inexplicable?
Gran cantidad de las cosas que generó esa película las estoy observando recién ahora. En Eslovaquia venia gente a que le firme un dvd y me he cruzado con tipos en países bizarros que me dicen que empezaron a hacer cine por Mundo grúa... ¿Sabés lo que significa eso para mí? Me conmueve muchísimo. Imaginate que no tuve tiempo para procesarlo: empecé a hacerla cuando tenía 26 años y un par de años después no había pisado el Bafici porque la estaba terminando en el laboratorio de Cinecolor. Llegué con las copias, se presentó, ganó tres premios y empezó una vorágine de festivales que llegó hasta el MOMA. O sea, para mi era peor que sacarme del potrero y mandarme derecho a primera. No entendía que estaba pasando, creía que todos se habían vuelto locos. Yo decía ‘pero si es la historia de un tipo que maneja una grúa….’ [risas] Como a cada una de mis películas, le guardo mucho cariño. Sobre todo, porque la manera en que me involucro carga una parte muy vital.
Con El bonaerense retrataste muy vívidamente el conurbano. ¿Te interesa dejar testimonio?
El cine naturalmente es un registro de época y una opinión sobre el mundo. Vos podés hacer 2001, odisea del espacio o Amadeus, pero estas hablando de una época y es un director mirando el mundo en ese momento. Creo que, por definición, el cine es político. No tiene sentido eludir eso, y tiene mucho menos sentido ponerlo en primer término porque es algo natural. Podemos volver a lo que decía Godard: tu fragmentación de la realidad está construyendo un discurso político y está dando un testimonio. Y aunque no sé si lo hago conscientemente, sé muy bien que eso forma parte de mi cine.
Alguna vez dijiste que el proceso de filmación de Familia rodante había sido bastante tortuoso. ¿Cómo ves ahora aquella experiencia?
Fue una pesadilla. Una película que se iba a filmar en 10 semanas y terminó tardando 14 o 16. Se construyó una especie de casa rodante móvil (que era en realidad un set) y yo en ese momento estaba con la idea de que teníamos que narrar la película respetando la cronología y los paisajes. Una idea muy formal que, a la larga, era una ridiculez. Bueno, fue mi pequeño Fitzcarraldo… [risas] Efectivamente, viajamos los dos mil kilómetros de acá a Misiones y nos pasó de todo. Éramos un equipo técnico de 90 personas y toda la familia viajando: ¡un circo ambulante! Pero un montón de las escenas que filmamos en la ruta, donde habíamos construido todo un set, terminaban siendo una plano cortísimo donde el fondo estaba tan fuera de foco que podríamos haberla filmado acá moviendo el piso [risas]. Igualmente había un montón de cosas que creía -y sigo creyendo- sobre lo que vivís haciendo la película y cómo eso se traduce en imágenes y en un estado de ánimo. En ese sentido, era una película muy fanática.
En Nacido y criado, volviste a una estructura más chica y había muchas preguntas sobre la identidad. ¿Tenés respuestas antes de comenzar un rodaje?
En general, son preguntas que a veces se van respondiendo en el proceso de hacer la película. En otros casos, tenía respuestas que me parecían acordes y el proceso las destruyó. Aunque suene un poco abstracto, para mí una película es una investigación. Cuando me meto con una película tengo que pensar que me va a llevar dos años de mi vida, de un montón de gente y un montón de plata… Tengo que guiar a un montón de tipos que me tienen que creer, porque los voy a llevar a cagarse de frío, de calor o los vamos a meter meses en una cárcel. Tengo que estar muy seguro. Eso no quiere decir que tenga que tener la respuesta para todo, porque entonces la película se convierte en un proceso mecánico de reproducción. Y la película crece en la medida que durante el proceso se va contradiciendo en algunos puntos, se va reafirmando en otros y va generando nuevos perfiles. Ese proceso orgánico es el proceso al que me expongo personalmente como director pero que, por propiedad transitiva, se expone a toda la gente que me acompaña. Entonces, si no hay esa curiosidad de investigación y no son temas que me desvelen lo suficiente para generar toda esa energía, mejor pasar a otra cosa.
En Nacido y criado hubo otro quiebre: Martina pasó delante de cámaras. ¿Cómo fue ese traslado para vos?
Martina se formó como actriz desde chiquita. La mamá es vestuarista (incluso de muchas de mis películas), el papá es director de teatro y fue alumna de Gandolfo con 17 años. Desde que nos conocimos que yo le insistía para hacer algo… Pero ella estaba haciendo cosas de producción en publicidad y yo trabajaba en unos cortos después de Mundo grúa. A las horas, ya vivíamos juntos. Armamos la productora en un momento muy particular, porque fue en la mitad de El Bonaerense, cuando vino el corralito que nos paró la película y no sabíamos que hacer. En ese momento me habían dado una beca muy buena para Alemania: significaba irnos y que nuestro hijo naciera afuera. Decidimos no viajar, que Mateo naciera acá y armar la productora. Como todo el mundo, estábamos endeudados… Pero fue una apuesta y seguimos haciendo cosas de producción. Y cuando llegó el momento de Nacido y criado decidimos hacer la prueba. Fue muy simbólico, porque por el plan de rodaje, quedó primera una escena de mucha intensidad. Mucha gente que nos acompaña y que nos quiere empezó a tener dudas… decía ‘estos se volvieron locos’. Pero arrancamos por esa escena y lo que sucedió no lo olvido nunca. Lo tengo muy vívido: arrancó la toma y nos miramos entre todos como diciendo ‘¿de dónde salió esta mina?’. Nos quedamos muy sorprendidos y, ahí mismo, ya vi todo lo que iba a pasarle a Martina. Terminamos ese rodaje y le dije que quería hacer una película pensando en ella. Eso fue Leonera.
Da la impresión que aún antes del guión, tus películas nacen desde la elección de un mundo. ¿Cómo funciona ese proceso?
Es raro. A veces son personajes, a veces es un mundo. En el caso de Leonera, empezó muy azarosamente. El germen nació mucho tiempo antes de empezar a escribir la historia, cuando viajaba para la quinta de mis viejos en Cañuelas. Por la autopista Ezeiza-Cañuelas hay un complejo penitenciario, y resultaba muy simbólico porque siempre que voy a Cañuelas es para estar quinta al aire libre, con animalitos... Un día, viajando con mi hijo muy chiquito, me pregunta: ‘¿qué es eso, ese edificio raro? Y era la cárcel. Ahí está el germen, aunque Leonera termina siendo la historia de amor entre una mamá y un hijo. Pero es verdad lo que decís… necesito meterme en un universo, aprender sus reglas. Y me he dado cuenta con el tiempo de que muchas de estas películas hablan sobre el aprendizaje. Personajes que tienen que aprender a sobrevivir, aprender un trabajo, aprender de una situación difícil.
Excepto quizás en Familia Rodante, en tus películas el mundo es siempre un lugar hostil. ¿De dónde viene esa mirada?
¡Del mundo en que me toca vivir! En realidad, no es que el mundo es hostil, sino que las personas lo hacemos injusto. Porque puede ser un lugar muy hermoso cuando, como sucede en momentos de mis películas, las personas con las que estás lo hacen confortable. El mundo no es abstracto: somos nosotros. Y estas películas no ponen el acento en la individualidad, sino en nosotros como responsables de nuestro entorno. Ok, una realidad que es tan despareja ya es un mundo hostil, pero nosotros con nuestros afectos podemos hacerlo un poco más confortable. En todas mis películas vas a encontrar personajes con una dosis de solidaridad que a veces parece inverosímil. Eso si nos redime: dar un paso al costado, hacer algo por el otro. Me gusta retratar cómo, incluso en situaciones de mucha dureza, se pueden encontrar momentos de luz. Porque esos momentos de luz son los que nos hacen mejores.

viernes, 1 de julio de 2011

RESEÑA: Passionaria

Después del iniciático Uno una uno (Noseso Records), la cantora del Oeste acaba de editar su segundo disco. Graziano lo reseñó para Rolling Stone, para su número de junio.
SOEMA MONTENEGRO- Passionaria (Acqua Records)
Primero llega la voz. Una columna de aire negro que maravilla y mete miedo, en algún lugar entre Luzmila Carpio y Björk. Soema la utiliza combinando radicalmente técnicas de la música ‘culta’ (vibratos, melismas) con fatos de la tradición popular y hasta chamánica (sonidos guturales, gemidos, gritos). La revelación es que, además de sus facultades interpretativas, Soema es la autora de estas canciones. Por cierto, una compositora muy interesante. En Passionaria –su segundo y más equilibrado disco- hace un relevo metafísico del mapa folklórico, desde el rasguido doble hasta la milonga, pasando por el valsecito criollo, el huayno y la vidala. La producción de Juanito el Cantor no sólo es inteligente: es sensible. En lugar de máquinas con vencimiento, propone un contexto orgánico pero poco ortodoxo. Es decir, guitarras, contrabajo y percusiones, pero también pinceladas de extravaganza como la tuba en “Flores del desierto”. Por fortuna, nada suena a pastiche o world music. Esta es la música ancestral que pudo ser cantada en las cuevas de Altamira o en la Tokio radioactiva, mientras el mundo se hundía como el Titanic. Martín E. Graziano

miércoles, 22 de junio de 2011

GUILLERMO PESOA: el día de la luna

Después de la separación de la Pequeña Orquesta Reincidentes, Pesoa volvió con su proyecto solista. Lunes, su primer disco, es un debut inquietante que ya está entre lo mejor del año. Graziano lo entrevistó para G7. El texto, está aquí debajo.
EL DÍA DE LA LUNA

Por Martín E. Graziano

La Pequeña Orquesta Reincidentes fue una bellísima anomalía. Una grieta en el horizonte desalentador del rock en los tardíos noventa y más allá. La banda, ese ensamble portuario de dientes apretados, era el espacio donde convivían las inquietudes de cinco tipos sólidos. Artistas que fueron poblando sus universos privados hasta que la Pequeña Orquesta no pudo contenerlos más. Por esa razón, a partir de la separación (en mayo del 2008) cada uno comenzó a fortalecer sus nuevos proyectos. Alejo Vintrob, que ya había editado Vino, siguió adelante con su vertiente solista. Santiago Pendrocini fundó Malyevados, Rodrigo Guerra puso manos a la obra con La Quimera del Tango y -luego- se inclinó por el rock furibundo de Guerra y Todo. En la misma sintonía garagera, Juan Pablo Fernández motorizó Acorazado Potemkin. Sólo restaba tener noticias de Guillermo Pesoa: aquí están.
Se trata de Lunes, el primer disco como solista de Pesoa. Un rosario claroscuro de canciones que, de algún modo, funcionan como una continuación natural de su trabajo compositivo en la POR. También es una focalización, una forma de subrayar su búsqueda personal. Para eso, eligió un ensamble más sintético, integrado por Alejo Villarino (bajo), Claudio Rinaldi (batería), la guitarra eléctrica de Pendrocini y el propio Pesoa en piano y acordeón.
¿Con qué colores te interesaba trabajar esta nueva etapa?
Tenía ganas de trabajar con más límites, reducir las herramientas tímbricas al mínimo necesario para mantener la estructura de la canción y que a la vez permitiera amplitud en las variaciones dinámicas. En POR, si bien éramos sólo cinco músicos, tocábamos una cantidad de instrumentos que nos permitía expandir las posibilidades de producción y arreglos. En este caso, mi intención era explorar un sonido potente, claro, seco.
Lunes es un buen título para empezar algo, pero también un poco frustrante. ¿Cómo apareció?
Efectivamente apareció, así es. Estábamos hablando sobre líneas posibles para el arte de tapa del disco, buscando por otro lado, y estaba ahí. Me gustaba la idea del recomienzo. El lunes tiene un carácter bastante fuerte y es siempre un desafío. Es el comienzo de una serie, es el día de la luna, es el día en que cerraban las peluquerías y las panaderías, es el día para empezar algo o dejar algo. Es muchas cosas y en cada uno resuena una distinta, pero más que nada, me gusta la idea de comenzar, una vez más, y otra vez más. Con lo que hay y con lo que falta, andar.
Con los medios saturados y el público cada vez más conservador. ¿Con qué interlocutores pueden dialogar tus canciones?
No creo que el público sea cada vez más conservador, pero quizá esté más pasivo. Y los medios siempre estuvieron saturados, pero siempre hubo grietas donde colarse. Lo que sí pienso es que con el desarrollo de los medios electrónicos y el acceso directo a la música, se pierde gran parte de la experiencia del encuentro con una canción o un artista. Falta el camino recorrido por el que busca, por el que quiere encontrarse con otro. Creo que la relación entre un cantor y el que lo escucha se construye en los dos sentidos. Mis canciones están disponibles en internet, en un cd y pueden escucharse en vivo. Pero necesariamente del otro lado tiene que haber alguien con ganas de involucrarse. En la pregunta está la respuesta, creo: son canciones que pueden dialogar, pero necesitan un interlocutor. Están dirigidas a una persona, no a un público.
Con todo el camino recorrido, ¿cambian las expectativas a la hora de iniciar un proyecto?
Por suerte sí, las cosas cambian. Hay cosas en las que uno ya no cree, o no confía, o no le encuentra el mismo sentido. Hay otras que sí lo siguen teniendo, y más fuerte. Para mí el gran proyecto es la continuidad, poder seguir haciendo, tocando, cantando, grabando, editando, escribiendo música para cine y teatro… Buscar el hueco por donde meterse, encontrarse con otros, seguir. ¿Hacia dónde dirigirse? Hacia allá.

lunes, 13 de junio de 2011

RESEÑA: Canto a lo poeta

Una nueva crítica de Graziano para La Pulseada. Esta vez se trata del texto que escribió recomendando el documental de la chilena Majo Calderón. El texto se encuentra aquí debajo, pero también en la flamante web de la revista.








CANTO A LO POETA- Dirección: María José Calderón
Apenas termina el documental se instala algo que aparentemente es una paradoja del tamaño de esta ciudad. Hablo de cómo una herramienta de colonización termina transformándose en el símbolo de identidad de un pueblo libre. Allá por el 1600, el Canto a lo Poeta era la forma musical y poética que utilizaron los jesuitas para evangelizar en la zona central de Chile. Una forma en la que aún se pueden escuchar inflexiones de los trovadores provenzales y las cifras españolas. Naturalmente, la relación primero fue conflictiva y, luego, prudencial. Pero cuando los nativos empezaron a manipularla con cierta destreza se dieron cuenta de que aquello no sólo podía servir para cantar las cosas divinas, sino también las terrenales. Ese momento de metabolización es clave, porque la expresión se volvió definitivamente propia. Así la recibieron las generaciones siguientes: oralmente y de padre a hijo, de maestro a discípulo, de generación a generación. Para cantar a los santos, pero también al amor y la injusticia. Para los ritos más estrictos (como las misas pobres y rurales) y otros más laxos -pero no menos importantes- como el vino compartido. A la hora de contar esa historia, la directora María José Calderón logró tomar distancia del mito y rodar un documental híper-vital en tiempo presente. Ahí están los duelos de paya, los centros comunitarios, la forma simbólica del guitarrón y los trucos de la dictadura para ocultar el canto. Claro que la mirada no es casual: Calderón nació en Chile durante los ’70, pero después de graduarse se instaló en California. Esa distancia despoja al registro de cualquier gesto chauvinista y lo vuelve universal y particular. Una sensibilidad que permite oler las tierras mojadas de Pirque, pero también escuchar el cuento que empezó en las cavernas.
Martín E. Graziano

lunes, 6 de junio de 2011

RESEÑA: Al Triángulo, Mamichula!

El mes pasado, en la página dedicada al Tráfico de Tentaciones, La Pulseada publicó una reseña gastronómico-cultural de Graziano. Ciertamente, un caso atípico. El texto está en la nueva web de la revista, y también aquí debajo.

AL TRIÁNGULO, MAMICHULA! Usina cultural de diversidades mutantes
facebook.com/mamichuliando

Cien sabores nuevos corren por las calles del Mondongo y su área de influencia. Desde el año pasado, lxs cocinerxs de Al Triángulo, Mamichula! vienen alimentando la fantasía de las mesas platenses con algunas delicias de fuste: arepas, soufflés de brócoli, calabaza y acelga, crepes rellenos, rissottos, tartas, ensaladas con arroz yamaní, carnes salteadas y milanesas de berenjena o zapallitos. Mención especial para los sándwiches vegetarianos con pan casero, las mamihamburguesas de carne y el postre sorpresa que seduce a los más golosos. Atención: la iniciativa gastronómica es sólo uno de los emprendimientos de Al Triángulo Mamichula!, un espacio artístico-cultural independiente creado alrededor de las temáticas de identidad y diversidad sexual. “Con al arte como aliado, nos proponemos abrir nuevas miradas y maneras de relacionarnos, sentir y trabajar en comunidad, complejizando las relaciones entre trabajo, sexualidades y saberes –explica Perla Rodríguez Monti, una de las once mamichulas-. Nos atraviesan las nociones de identidad, sexualidad y deseo, en un sentido transformador de la realidad cultural que coarta y margina otras maneras de vivir”. Desde su fundación, armaron talleres de canto y percusión, un calendario fotográfico, el festival Mamicanta (un fogón dominguero de cantautorxs y agasajos culinarios) y el ciclo "Nocturnas Letras Polutas", encuentro de narración oral por el que ya pasó la cuentista chilena Paty Mix. Las puertas están abiertas para todos. Para comunicarse, el mail es mamichuleando@gmail.com.
Martín E. Graziano

viernes, 3 de junio de 2011

NAHUEL VECINO: el último romántico

A comienzos de este año, la revista G7 preparó un especial de arte con siete entrevistas. Entre los elegidos para integrar el dossier estaba Nahuel Vecino, que desde su aparición con la muestra Mara-villa abrió una brecha absolútamente personal en la pintura contemporánea. Graziano lo entrevistó: aquí está el resultado.